El discreto encanto del desengaño.

Mi vida, en esta última semana, ha dado un giro que, aunque esperado, me ha pillado a traspiés.

En apenas siete días he intrepretado (o sufrido pero no quiero parecer dramática, que a una, los años, la van volviendo más calmada) un cambio constante de roles que me ha dejado tan perpleja como aturdida. He sido, por unas horas, la villana más cruel que pudiera encontrar Marvel, (qué papeles tan agradecidos) para, a continuación, convertirme en un ser desvalido, frágil y necesitado. Como yo en esos registros no me sé desenvolver demasiado bien, rápidamente me he quitado el traje de sufridora del Un, Dos, Tres y me he colocado el que tenía más a mano, el de Luz Casal en “No me importa nada”.

No sé si realmente todos ellos son disfraces o quizá, lo más probable, no sean más que recónditas aristas de mi subconsciente, reprimidas (Freud sonríe) durante algunos años por un “yo” superior, al que no hay que confundir con el super hombre, o en este caso, super mujer que Nietzsche pretendía “hacer” de todos nosotros y del que yo estoy a años luz a estas alturas de la película.

He engañado, me han engañado, se han desengañado y me han desengañado. Merecida tengo mi parte. Y, supongo, que reconocerlo es el primer paso.

El segundo enmendar mi error si se puede, si no es demasiado tarde. Como diría mi abuela en el pecado tengo la penitencia. Y nadie dijo que fuera a ser fácil.

Feliz fin de semana.

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Vuelta a los orígenes.

 

Llevo tanto tiempo sin escribir aquí que casi había olvidado cómo hacerlo.

La nostalgia te acaba arrastrando una y otra vez a la misma orilla, al mismo punto en el que una vez, antes de partir, dijiste adiós.

Y ha cambiado todo tan poco…

El mundo sigue siendo ese lugar extraño y complejo capaz de albergar la belleza más exquisita para regocigarse después en la maldad más absoluta. Una locura en la que unos, mejor que otros, sobrevivimos, disfrutamos, reímos y muchas de las veces sufrimos.

Observo, casi desde fuera, como si de un viaje astral se tratara, cómo unos hablan de lo que ha sucedido en Grecia (ese miedo atroz a lo desconocido, aunque lo conocido te mantenga a duras penas sobre un solo pie al borde de un precipicio) para saber si aquí, en España, habrá que votar a ese señor de coleta que promete cambiar lo que en realidad nadie (del lobby político, incluidos ellos) quiere que cambie y me asombra aún que haya en el “pueblo” llano, o no tan llano, resquicios de Fe para con un sistema que es de por sí un fraude.

Los corruptos siguen llenando sus arcas, a costa del sudor de la frente de otros, porque ellos llevan la suya muy alta, que no existe juez, que no justicia, que les obligue a agacharlas.

Los musulmanes radicales a su guerra santa, dejando regueros de sangre en nombre de un profeta, Mahoma, al que no podemos atrevernos a ponerle cara. Nacer para matar, nacer para rezar, nacer para llorar… si esto es la religión, no puedo más que sentirme afortunada de ser atea.

La crisis del Ébola, que sólo importa si la tenemos cerca…

Los inmigrantes en patera…

Israel y Palestina…

 

Como ven, he vuelto, con el optimismo que me caracteriza y mi bondadosa visión sobre aquello que nos rodea, pero no se preocupen, sonrío habitualmente y soy feliz un ratito todos los días.

 

¿Cómo les ha ido a ustedes en mi ausencia?

 

 

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Retorno.

Mucho tiempo ha pasado desde la última vez que escribí aquí. Y una siempre acaba echando de menos los viejos rincones que me cobijaron tantas veces.

Quizá esta apatía sea consecuencia, no sé si directa, del “ateísmo” existencial en el que me hallo sumergida, “ser y no ser nada, y ser sin rumbo cierto…”

Pero no siempre me apetece hablar de fútbol, ni de los abdominales de Cristiano, ni de la última jugarreta de cualquier comité de estos que tanto aprecian al mejor equipo que hubo, hay y habrá.

A veces, sólo a veces, me apetece sentarme, respirar, y dejar que fluyan por mis dedos las palabras, mejor o peor, eso ya lo juzgarán ustedes, hasta lograr que mi tristeza (tristeza de estas de primer mundo, que sé yo que no existe motivo de queja) sea absorbida por este “papel”.

Ha muerto Lou Reed, y no he podido llorarle. O no he querido, que soy así de caprichosa y a mí este músico, con la Velvet o sin ella, no llegó jamás a ocupar ni el más mínimo rinconcito del hueco del corazón resevardo a música, arte y otras formas de expresión.

Y es que, últimamente, la señora muerte ha venido a visitar a gente más próxima, más cercana. Y las lágrimas, como todo lo bueno de esta vida (porque señores, llorar, aunque duela, es bueno, magnífico incluso) se acaba.

Intento prometerme que ésta no será una entrada perdida, aislada, que retomaré este blog para convertirlo en lo que siempre fue, una prolongación de mí. Sin medir, sin cortar, sin censurar.

Les dejo una canción, muy acorde con el lluvioso día, y las ganas de sofá, película y manta. Y abrazo. Tu abrazo. Nunca existió otro, ni lo existirá jamás.

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octubre 29, 2013 · 6:40 pm

Una de cine clásico…

Dicen que para conocer una nación, hay que conocer su historia.

El cine clásico está repleto de pequeñas o grandes joyas, padres, abuelos ya incluso, de las grandes producciones actuales.

Fritz Lang, uno de los mayores maestros del cine negro, rodó, en 1945 este pequeño tesoro, “Perversidad”, logrando a la perfección la imagen de “femme fatale” que tantas actrices han interpretado. Intensa y memorable, de principio a fin.

Aquí la tienen entera, en V.O.S.E

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El alma y conciencia de las noches oscuras.

Este fin de semana, que ha sido tranquilo, y en el que la salida nocturna del sábado se limitó a una cena, y un par de copas rápidas, tuve tiempo de reflexionar sobre la inmensidad del universo. En realidad dudo de haberle dedicado más de un segundo a cualquier cosa, ente o persona que distase más de 1000 Km de mi cama.
Los aires de grandeza, de megalomanía absurda los dejo para otros, que deben tener una vida más pobre, o más rica, que todo depende de cómo se quiera mirar o incluso de cómo se pueda, que elegir, como en cualquier ámbito, no está al alcance de todos.

Los años me han hecho más humana. Y más cruel. Eso también. Y para el que le extrañe, decir que son dos términos absolutamente complementarios. La crueldad suele nacer del dolor, de la herida sangrante que aún supura, y es, en mi caso, hasta irracional, un auténtico mecanismo de defensa, cuyo resorte no depende de mí pulsar.

Me arrepiento de muchas cosas, de otras muchísimas no. De haber sido egoísta cuando no tuve que serlo, y de no haberte dañado más, infinitamente más, cuando pude y debí hacerlo, antes de pasar la última página de un libro, que aunque emocionante, de tan largo, resultó al final tremendamente aburrido, detestable incluso.

Esto no es una declaración de amor, ni de desamor siquiera. No hay un “tú” al que vaya dirigido, hace muchísimas lunas que no tengo amor al que amar, ni por desgracia, parecido; esto es un estado de ánimo que, por mi estabilidad mental, debía, de alguna manera, plasmar, para poderlo leer después y digerirlo.
Son demasiadas las veces que en este blog me he desnudado, como para no darme cuenta de que soy, en un sentido amplio, exhibicionista por naturaleza, pero discreta.
Bienvenidos, de nuevo, a mi mundo.
Si entras, no hagas demasiado ruido.

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Recopilando…

Cómo decíamos ayer… sí, ya sé que ha pasado algo de tiempo, que a este blog le han crecido las hierbas (malas o buenas, no sé), pero una es vaga por la más absoluta de las convicciones, y ha costado arrancarme de nuevo las palabras.

Y eso que la indignación que me caracteriza (nada que ver con el 15M, que una es seria y responsable) continúa, con mayor desgarro emocional, si cabe, ante tanta canallada que se respira ahí fuera.

¿De qué me he perdido escribir desde que me entregué a otros placeres?

De España ganando la Eurocopa. (Que sí, que estaremos haciendo historia, que sí que mucho tiqui-taca, que mucho fútbol envidiado, pero menudo coñazo de partidos que se marcó la Roja, lo próximo, un falso portero, que no portero falso, que por San Iker juro que no es lo mismo, ni parecido)

De los JJOO (infumable el “espectáculo” de clausura)

De la subida del IVA (muy curioso el comportamiento de los simpatizantes socialistas y peperos al respecto, no hay mayor necio que el que no quiere ver que unos subieron los impuestos, y los otros los subieron otra vez)

Del Sr Sánchez Gordillo y de su palestino. Más tendría que decir de esto último, que del alcalde, con infúlas de colaborador de Tele5, de Marinaleda.

De Rajoy, oh, capitán, mi capitán… Este hombre… ¿Qué demonios hace presidiendo un país, en lugar de estar, cohiba en mano, en su sofá, disfrutando (o no) de las tristezas o alegrías de Cristiano Ronaldo? ¿Por qué se flagela y nos tortura así? ¿Qué extraña fuerza le hace seguir ahí?

Del copago farmaceútico, de la pérdida de la tarjeta sanitaria de inmigrantes y parados (que entiendo los fines, pero no los medios, debe haber otras formas, otras maneras…)

De los incendios que convierten, con el paso del tiempo, en urbanizable el suelo que antes era “inviolable”. De la falta de medios, de este país recortado para tener lo que hay que tener para, por ejemplo, apagar los fuegos.

De Urdangarín y su caso, del Rey en Bostwana, de la Infanta en Pedralbes, de Froilán convertido en precoz cazador cazado, de la Reina y sus cuernos oficiales, que presuntamente paga el Estado…

Del escándalo del tupper, señores, seamos serios, si dejan a su hijo en la escuela, con unos macarrones guisados en la fiambrera… ¿Querrán que alguien les vigile al niño, o se le deja solo en una clase? ¿Y qué pretenden, que el servicio extra de guardería les salga gratis?

De Olvido Hormigos, ay, Olvido, qué duro es cumplir años, cómo se nos va la cabeza… Que una, si quiere poner cuernos en un pueblo, tiene que ser, por cojones, discreta. Que luego van los cazurros a gritarte cosas a la puerta, que la gente tiene mucho tiempo libre, y muy mala idea.

Este blog se ha perdido tanto…

Y para ustedes, ¿Cuál ha sido la noticia del verano?

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Aysa la rana.

Existió, hace muchísimos años, una rana real que no pudo jamás convertirse en príncipe.

No encontró quien le diera ese beso que lo hiciera posible.

Aysa, que así se llamaba este anfibio, atendía primorosamente su charca. Y dedicaba a su madre, una bella anciana postrada en una hoja de bromelia, excelentes cuidados. Cazar moscas para dar de comer a quien le dio la vida, no suponía para él ninguna carga. Se divertía buscando los mejores ejemplares para agasajar a su progenitora a cambio tan solo de una caricia.

Aysa tenía amigos, pocos para la vida social que acostumbra a tener una rana. Pero las obligaciones familiares apenas le dejaban una tarde libre a la semana. Sus amigos, que estaban ya llegando a esa edad en la que los anfibios deciden asentar las ancas, se emparejaban, y, de una manera inconsciente, se alejaban.

Desde que tenía uso de razón, él suspiraba por Kyna, un ejemplar adorable, de expresivos ojos, y una piel tan verde, suave, y cálida, que era la envidia de toda la comarca.

Pero era consciente de que poco podía ofrecerle, su vida no era fácil, no había sido un renacuajo de “estanque bien”, sin más preocupación que recorrer el mundo de charca en charca, ni tuvo un padre que pudiera satisfacer las necesidades más básicas de una casa. Por eso quizá nunca se atrevió a decirle nada, y se conformó con ver cómo esa adorable ranita, se iba convirtiendo en la mejor de las ranas.

Así iba pasando la vida de Aysa, entre historias que cada día le contaba su madre, nunca supo de dónde las sacaba, ni cómo podía ser que nunca fueran repetidas, y los quehaceres domésticos que no imaginamos el tiempo que requieren hasta que nos vemos obligados a realizarlos.

Llegó el invierno, un invierno que comenzó tan brusco, que los hechiceros anuros predijeron grandes catástrofes, y el cielo, día tras día, se llenó de lágrimas.

Aysa estaba asustado, sabía que los hechiceros pocas veces se equivocaban, y no tardó ni una luna  en darse cuenta de su desgracia; su madre, de repente, dejó de contar historias, y permanecía callada, con una triste mirada que se perdía mucho más allá de la charca.

Dejó pronto de querer comer lo que con tanto amor su hijo le preparaba, y una mañana, lo miró fijamente, sonrió, cerró los ojos, y dejó que la muerte se la llevara.

No hubo un gran funeral, ni fueron muchas las ranas  que se acercaron a despedir a la anciana dama.

Aysa conoció, a partir de ese momento, qué significaba soledad, y entregar tu vida, en lugar de vivirla como se te antojara.

Pero supo, que si bien nunca podría convertirse ya en príncipe, sí había sido una buena rana. Y que la mirada última de su madre, no había riqueza en el mundo que la pagara.

Ese recuerdo le hizo feliz hasta el final de sus días.

MORALEJA:

El amor, la felicidad, y la plenitud personal no tienen sólo un camino.

¿Están de acuerdo?

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