Archivo mensual: marzo 2011

Una de cine…

 

Hoy, recomendamos, 13 Tzameti

Ópera prima (26 años tenía cuando la rodó) del georgiano, Géla Babluani.

Una película pequeña, actual, que te transporta a otras épocas, épocas en las que el cine era “une autre chose”.

Magnífica en la interpretación, en el reparto de los tiempos, en la realización, gran plano final, evocando, por momentos, la maestría de Melville, de Malle…

Veanla, no creo que se arrepientan:

Premios y nominaciones recibidas

César Awards, France

  • Ganador del César en la categoria Most Promising Actor (Meilleur espoir masculin)
  • Nominado al César en la categoria Best First Work (Meilleur premier film)

European Film Awards

  • Ganador del European Discovery of the Year

Venice Film Festival

  • Ganador del Luigi De Laurentiis Award
  • Nominado al Netpac Award

Sundance Film Festival

  • Ganador del Grand Jury Prize en la categoria World Cinema – Dramatic

Tbilisi International Film Festival

  • Ganador del Silver Prometheus en la categoria Best Director

Transilvania International Film Festival

  • Ganador del Best Cinematography
  • Nominado al FIPRESCI Prize

 

 

 

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Un, dos, tres… Estás muerto.

-Soy un hijo de puta.
Un hijo de puta Occidental.
Dirijo el Gobierno de un gran país. Llamémosle X.

Manejo los hilos. Sé cuáles son. Sé lo que mueve el mundo. Trafico. Influencias, armas, poder, el qué es lo de menos.
Estás conmigo o contra mí. Es sencillo.

¿El planeta? un lugar lleno de títeres a los que manejar para conformar el orden mundial, mi orden mundial. Coloco y quito. Hago siempre lo que quiero. Después, según las circunstancias, sonrío o me pongo serio, y miento.


-Soy un hijo de puta.
Un hijo de puta Oriental.
Me arrastré ante el hombre “blanco”.
Conseguí dirigir el Gobierno de un pequeño país. Con petróleo. Llamémosle Y.

Manejan mis hilos. No importa. Mi mundo lo mueve el dinero. Tengo mis palacios llenos. Pocas veces me sublevo.
Mi pueblo me quiere. Mi pueblo no me conoce. Mi pueblo me importa cero.
Mi religión me ampara. O eso piensan los crédulos.


-Soy un ciudadano Occidental.
Vivo en democracia.
Elijo a mis dirigentes. Me cuentan sus proyectos. Me los creo.
Pago mi hipoteca, mi préstamo personal. Tengo un iPhone, un Mac.
Mi sueldo no es justo. Pero me permite algún capricho.

Soy de izquierdas, o de derechas,  o incluso de centro. Sueño con comprarme el iPad 2 pronto, muy pronto.
A veces lo que me enseñan del mundo (ese que me pilla lejos) me estremece. A veces hasta lloro.
Dono. Algo de ropa. Algo de dinero. Por las noches duermo.


-Soy un ciudadano Oriental.
Vivo bajo las ordenes de un iluminado. Mi iluminado, nuestro iluminado.
No sé leer, no sé escribir, y si sé, no tengo libertad para escoger qué, cuándo ni cómo hacerlo.

Apenas subsisto.
Sé que hay mundos mejores.
Pero Alá me protege. Jamás me convencerán de que eso no es cierto.

Suena un ruido. Es un tomahawk.
No tengo miedo.
Un, dos, tres, PAMMM… estoy muerto.


¿Y ustedes, cómo ven “el conflicto” con Libia?

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Apocalipsis Nuclear.

Estas últimas semanas me he convertido en un experto. Así, en general. Sobrevivir a una catástrofe tiene ese lado positivo: nos hace más fuertes y más sabios.

Porque eso es lo que ha ocurrido, queridos lectores, hemos sobrevivido a la terrible catástrofe que ha asolado Japón. Contra todo pronóstico, hemos superado el terremoto, las réplicas, el tsunami, las siguientes réplicas y el apocalipsis nuclear. Digo apocalipsis y creo que es una palabra bien escogida.

Así, hemos aprendido todo lo que hace falta saber sobre temblores, olas y reactores. La experiencia es la madre de la ciencia, y la nuestra es inmensa. Reconozcamos que al principio fingíamos nuestras caras de absoluta comprensión cuando escuchábamos en los telediarios hablar de la temperatura del núcleo y lo importante que era hacerla descender. En nuestra ignorancia, nos empeñábamos en ver las cosas más difíciles de lo que son. Se trata de que la central no reviente, o algo, y para eso, seguro que es mejor que esté fría. ¿No? Sí, hombre. Soy un experto, háganme caso.

Y todos opinamos, y nos posicionamos, casi eligiendo al azar si debemos acojonarnos (con perdón) o si todo va bien. Pero cuando elegimos una postura, oiga, la abrazamos férreamente hasta que se demuestre que nos hemos equivocado. Quizás no pase.

Pero que ustedes y yo lo hagamos, ni es novedad, ni es grave. Somos españoles, hablamos constantemente de lo que no sabemos. Que los medios lo hagan tampoco es novedad, pero sí creo que es mucho más grave. Lo que no me explico, lo que de verdad me consterna, es que supuestos profesionales del asunto, la gente de la que deberíamos esperar que tuvieran la situación bajo control, como el comisario europeo de energía, Günther Öettinger, también se dediquen a lo que, a todas luces, parece hablar por hablar. “Apocalipsis”. ¿Chernóbil fue el apocalipsis y no nos hemos enterado? Porque esto, señores, todavía no es Chernóbil, y muy posiblemente, nunca llegue a serlo. ¿Es una tragedia? Sí. ¿Tendrá consecuencias? Muchas, además de las directas, ya está habiendo otras menos obvias, como cultivos desechados por estar contaminados por la radiación. ¿Es el apocalipsis? No. Claro que no.

Y si nuestros “mayores” salen por la tele dando estos palos de ciego tan escandalosos, ¿qué se puede esperar que hagamos nosotros? ¿Informarnos? ¿Mantener la calma? No, hombre, no, nosotros nos hacemos expertos en el acto y vendemos camisetas con eslóganes con gancho “Yo sobreviví al Apocalipsis de Fukushima”.

 

Pero… ¿y si no se trata de palos de ciego? ¿Y si están diciendo exactamente lo que quieren que oigamos? ¿Y si nos están convenciendo de que los japoneses no saben hacer lo que tan bien hacen nuestros vecinos franceses o alemanes? Igual me estoy perdiendo en intrigas políticas y en dobleces, pero, ¿no parece más rebuscado pensar que un señor comisario de la UE piense de verdad que es apocalíptico un desastre nuclear que todavía no ha alcanzado el nivel de riesgo que tuvo el de Chernóbil? Ya hace tiempo que dejamos de ser niños que se creen que las guerras se hacen por la paz y no para intervenir el precio del petróleo, ¿por qué habríamos de creernos esto?

 

Y ustedes, ¿son de los que creen que se acaba el mundo?


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Nietzsche, ¿Por qué somos del Atleti?

Nietzsche sería del Atleti.

¿En serio?

Sí, en serio. Como Alatriste, pero ese es otro tema.

No esperéis el enésimo bombardeo de tópicos. Ese que encontráis a precio de saldo y siempre compráis. El de los ricos y los pobres. El de los pupas. El del señorío y la superioridad moral.

Todo esto es más fácil. Viene de antes.

Al grano. Partamos de la base: Nietzsche y su análisis de la tragedia.  La griega, no hay otra. -Ahora es el momento. Trago largo a lo que esté bebiendo-  Por un lado, la concepción apolínea de la vida. Enfrente, Dionisos. Dos mascaras desde la que mirar y ser mirado.

Apolo es el orden, lo templado, lo racional. Apolo es el Real Madrid, qué coño. El equipo acostumbrado a lo bueno. A la vie en rose, perpetua. Sin sobresaltos. Ritmo de crucero. Sopor. Es la empollona que está buena, viste de marca y lee el Cosmopolitan. Esa que, on the record, nunca te trató mal porque que siempre supo  invertir la carga de la prueba.

Enfrente, Dionisos. Caos, exceso. Lo irracional. El instinto. Es esa chica en cursiva, tipografía femme fatale. Esa que te va a hacer daño y la ves venir. Quieres que venga. El puto escorpión de la fábula. ¿Qué coño es la vida si no vas a cruzar ese río? La sublimación en la ejecución, no en el resultado. En el viaje y no en el destino.

¿Habéis dicho sí alguna vez a un solo placer? Oh amigos míos, entonces dijisteis sí
también a todo dolor. Todas las cosas están encadenadas, trabadas, enamoradas, –
-¿habéis querido en alguna ocasión dos veces una sola vez, habéis dicho en alguna oca-
sión «¡tú me agradas, felicidad! ¡Sus! ¡Instante!»588 ¡Entonces quisisteis que todo vuelva!
– todo de nuevo, todo eterno, todo encadenado, trabado, enamorado, oh, entonces amas-
teis el mundo, –
– vosotros eternos, amadlo eternamente y para siempre: y también al dolor decidle: ¡pa-
sa, pero vuelve! Pues todo placer quiere – ¡eternidad!

“La canción del noctámbulo” Así habló Zaratustra.

El Atlético dice sí al mundo como un fenómeno estético. Se regocija – ¿en parte? – en la destrucción y el sufrimiento que produce, incluyendo el suyo propio. El sufrimiento no como virtud. No como pupismo, sino como parte necesaria, ineludible: “No hay razón para buscar el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada”. Punto.

El sábado volvimos a asomarnos a ese abismo tan nuestro. Esa cesta enmarañada de impotencia y exaltación de lo trágico. A la mañana siguiente, miles de niños no podían resistir el impulso de ponerse la camiseta de su equipo. Son jóvenes, pero la transmisión de lo sentimental siempre viaja más rápido. Siempre empapa antes. Y sin entenderlo, – intuición-  lo entienden: han aceptado su amor fati. Nietzsche, probablemente, diría que han transformado todo “fue” en un “así lo quise”. En efecto, pronto sabrán que, al dar un rotundo a un instante de nuestra vida – Ese momento especial. Ese Hamburgo. Esa media hora del 19 de mayo en Barcelona – se tiene que decir igualmente sí a todos los instantes previos, a la totalidad de nuestra vida. Eterno retorno.

Ser del Atleti es enfrentar el abismo, saber que está ahí porque se ha estado. Porque se ha vivido. Sí, esa, jodida sensación. Ese balanceo. El madridista no ha sentido el escalofrío.

Nunca ha tenido que asomarse.

¿Tienen algo que objetar?



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Esos días…

Harta de cazas furtivas en madrugadas turbias de excesos, encontré  refugio en tu sonrisa.

Me desnudabas despacio, con la seguridad del que se sabe amado, mientras susurrabas palabras cálidas que empapaban mi alma, anhelante por ti , anhelante de ti.

Tus labios recorrían con ternura cada una de mis heridas, y me hacías olvidar cada guerra vivida. No más batallas pedías suplicante, no más batallas respondía entre lágrimas.

Y nos enredábamos en marañas de gemidos, miradas, suspiros, gritos sofocados por la almohada.

Consumíamos los días, devorábamos las noches.

De repente, el miedo, traicionero y sibilino, nos superó.

No existen los finales felices.

Lo sabías tú, lo sabía yo.

Con la distancia, el paso del tiempo que cada uno mide a su manera, puedo ver que ni tú, ni yo, éramos tan listos. Los finales no existen, se escriben, día a día. Fuimos lo que quisimos. Y nos equivocamos.

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Lunes Negro.

A veces escribir un post no resulta tarea fácil, lo trillado de las noticias del momento, el interés escaso en otros asuntos menores, y una tira de oficio (¿oficio, qué oficio?) para sacar unas letras en un blog con el que intento comprometerme, pero que siempre queda relegado a un cuasi invisible plano.

Admiro al periodista al que día sí, día también está obligado, por contrato, a plasmar 2000 palabras, hoy sobre ésto, mañana sobre aquello, y, que de tanto ir el cántaro a la fuente, éste ya va prácticamente solo.

Me importa poco el límite de 110 Km/h, no suelo coger demasiado el coche, además, si ya no cumplía la prohibición de circular a menos de 120, ¿por qué iba a empezar a hacer caso a esas cosas ahora?, me da igual (espero que pronto se recupere) que el Sr. Rubalcaba tenga una infección de orina, o que otra presidenta, mediática ella, tuviera un cáncer de quita y pon (y alégrome de ello), y se quejan de la sanidad española…

Tampoco me importa que digan que el Madrid juega como el Barça, aunque igual sí es cierto que el Barça lleva tres o cuatro partidos jugando como el Madrid, en su peor época, ni siquiera me preocupa que nadie entienda mi amor por Mourinho, o por Nudozurdo, o por una pequeña criatura que ilumina el mundo con su sonrisa.

Hoy, lo que más me apetece, es escuchar música:

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