Recuerdos…

En mi rostro, macilento, ajado por las brisas de Septiembre, por los soles de Agosto, las arrugas, que son ya definidos pliegues, auguran un flemático pasado y un futuro torpe y escaso.

Y echar la vista atrás… Y no ver camino. Ni ver muerte, ni alegría, ni llanto, ni la risa de un niño. Yerma. Una vida yerma. Una muerte agónica. Una calavera nueva.

Como las sombras de los transeuntes de las grandes urbes. Si ya lo dijo el poeta… La mujer gorda venía delante, arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores. ¿Y qué hay más sabio que un poeta, que no ve más que las estrellas?

Madre, tengo miedo. Miedo que cala, que moja. Y no es la lobreguez de lo que nos rodea. Son tus ojos. Son los de ella. Que están vacios de sal y repletos de Ginebra.

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