Archivo de la categoría: Arte

Una de cine clásico…

Dicen que para conocer una nación, hay que conocer su historia.

El cine clásico está repleto de pequeñas o grandes joyas, padres, abuelos ya incluso, de las grandes producciones actuales.

Fritz Lang, uno de los mayores maestros del cine negro, rodó, en 1945 este pequeño tesoro, “Perversidad”, logrando a la perfección la imagen de “femme fatale” que tantas actrices han interpretado. Intensa y memorable, de principio a fin.

Aquí la tienen entera, en V.O.S.E

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El alma y conciencia de las noches oscuras.

Este fin de semana, que ha sido tranquilo, y en el que la salida nocturna del sábado se limitó a una cena, y un par de copas rápidas, tuve tiempo de reflexionar sobre la inmensidad del universo. En realidad dudo de haberle dedicado más de un segundo a cualquier cosa, ente o persona que distase más de 1000 Km de mi cama.
Los aires de grandeza, de megalomanía absurda los dejo para otros, que deben tener una vida más pobre, o más rica, que todo depende de cómo se quiera mirar o incluso de cómo se pueda, que elegir, como en cualquier ámbito, no está al alcance de todos.

Los años me han hecho más humana. Y más cruel. Eso también. Y para el que le extrañe, decir que son dos términos absolutamente complementarios. La crueldad suele nacer del dolor, de la herida sangrante que aún supura, y es, en mi caso, hasta irracional, un auténtico mecanismo de defensa, cuyo resorte no depende de mí pulsar.

Me arrepiento de muchas cosas, de otras muchísimas no. De haber sido egoísta cuando no tuve que serlo, y de no haberte dañado más, infinitamente más, cuando pude y debí hacerlo, antes de pasar la última página de un libro, que aunque emocionante, de tan largo, resultó al final tremendamente aburrido, detestable incluso.

Esto no es una declaración de amor, ni de desamor siquiera. No hay un “tú” al que vaya dirigido, hace muchísimas lunas que no tengo amor al que amar, ni por desgracia, parecido; esto es un estado de ánimo que, por mi estabilidad mental, debía, de alguna manera, plasmar, para poderlo leer después y digerirlo.
Son demasiadas las veces que en este blog me he desnudado, como para no darme cuenta de que soy, en un sentido amplio, exhibicionista por naturaleza, pero discreta.
Bienvenidos, de nuevo, a mi mundo.
Si entras, no hagas demasiado ruido.

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Aysa la rana.

Existió, hace muchísimos años, una rana real que no pudo jamás convertirse en príncipe.

No encontró quien le diera ese beso que lo hiciera posible.

Aysa, que así se llamaba este anfibio, atendía primorosamente su charca. Y dedicaba a su madre, una bella anciana postrada en una hoja de bromelia, excelentes cuidados. Cazar moscas para dar de comer a quien le dio la vida, no suponía para él ninguna carga. Se divertía buscando los mejores ejemplares para agasajar a su progenitora a cambio tan solo de una caricia.

Aysa tenía amigos, pocos para la vida social que acostumbra a tener una rana. Pero las obligaciones familiares apenas le dejaban una tarde libre a la semana. Sus amigos, que estaban ya llegando a esa edad en la que los anfibios deciden asentar las ancas, se emparejaban, y, de una manera inconsciente, se alejaban.

Desde que tenía uso de razón, él suspiraba por Kyna, un ejemplar adorable, de expresivos ojos, y una piel tan verde, suave, y cálida, que era la envidia de toda la comarca.

Pero era consciente de que poco podía ofrecerle, su vida no era fácil, no había sido un renacuajo de “estanque bien”, sin más preocupación que recorrer el mundo de charca en charca, ni tuvo un padre que pudiera satisfacer las necesidades más básicas de una casa. Por eso quizá nunca se atrevió a decirle nada, y se conformó con ver cómo esa adorable ranita, se iba convirtiendo en la mejor de las ranas.

Así iba pasando la vida de Aysa, entre historias que cada día le contaba su madre, nunca supo de dónde las sacaba, ni cómo podía ser que nunca fueran repetidas, y los quehaceres domésticos que no imaginamos el tiempo que requieren hasta que nos vemos obligados a realizarlos.

Llegó el invierno, un invierno que comenzó tan brusco, que los hechiceros anuros predijeron grandes catástrofes, y el cielo, día tras día, se llenó de lágrimas.

Aysa estaba asustado, sabía que los hechiceros pocas veces se equivocaban, y no tardó ni una luna  en darse cuenta de su desgracia; su madre, de repente, dejó de contar historias, y permanecía callada, con una triste mirada que se perdía mucho más allá de la charca.

Dejó pronto de querer comer lo que con tanto amor su hijo le preparaba, y una mañana, lo miró fijamente, sonrió, cerró los ojos, y dejó que la muerte se la llevara.

No hubo un gran funeral, ni fueron muchas las ranas  que se acercaron a despedir a la anciana dama.

Aysa conoció, a partir de ese momento, qué significaba soledad, y entregar tu vida, en lugar de vivirla como se te antojara.

Pero supo, que si bien nunca podría convertirse ya en príncipe, sí había sido una buena rana. Y que la mirada última de su madre, no había riqueza en el mundo que la pagara.

Ese recuerdo le hizo feliz hasta el final de sus días.

MORALEJA:

El amor, la felicidad, y la plenitud personal no tienen sólo un camino.

¿Están de acuerdo?

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Carta al amor que no tuve.

Querido amor que no tuve;

Son muchos los años persiguiéndote, no tantas las veces que he creído reconocerte en los rostros que han compartido mi cama, mi casa, mi vida…

La búsqueda no siempre ha sido grata, he dejado en el camino océanos de lágrimas, mías, de otros (no recuerdo ya), de esas, que por muy soleado que sea el día, no son fáciles de evaporar.

He crecido creyendo en ti, alimentando el ansia de aquello que sabes llegará, pero no tienes idea cuándo.

He leído a Byron, a Milton, a Bécquer, a Goethe, hasta hacer mías cada una de sus palabras, he visto cómo miraba mi abuelo a mi abuela y me decía, así, así miraré yo algún día.

Y no es que desespere, es que son ya demasiados mis años, y una se vuelve escéptica, y cínica, y quiere descansar, descanso definitivo del guerrero que dejó de luchar.

No morir de amor, no arder en la intensidad de lo sentido, no enloquecer al tacto, sólo conversasr, pasear, hacer planes, coger de la mano y sonreir.

Eso es lo que queda, que no es más que lo que casi siempre he tenido.

No todos sabemos amar.

No todos sabemos ser amados.

Aceptarlo es, a veces, nuestra más difícil tarea.

Así que amor que nunca tuve, donde estés quédate, ya no vengas, te deseo todo el bien, toda la paz, y toda la felicidad que, por existir,  mereces tener.

Siempre tuya:

Alejandra.

Feliz día de San Valentín a todos lo que han conseguido aquello por lo que lucharon.

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Finales…

No me rindo porque la causa no merezca la lucha.

Pero son ya muchos los muertos. Son ya muchas las lágrimas derramadas en las aceras, de esta ciudad, soleada y fea, que indolente contempla mi sombra, sombra que ya no refleja siquiera mi silueta, sólo la tuya, (esa que fue mi casa) que sin quererlo, sin darte cuenta, te apropiaste de ella…¿sólo de ella?

Y camino cabizbaja, desamparada, porque creo que. en el caos de nuestras miradas, en la maraña de reproches, de finiquitar, sin derecho a paro, un amor que se termina pero no acaba, en el exacto instante del reparto de nuestras posesiones escasas. se te olvidó devolverme el alma.

Anuncio por palabras: Se compra o se alquila alma. Razón aquí.

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Recuerdos…

En mi rostro, macilento, ajado por las brisas de Septiembre, por los soles de Agosto, las arrugas, que son ya definidos pliegues, auguran un flemático pasado y un futuro torpe y escaso.

Y echar la vista atrás… Y no ver camino. Ni ver muerte, ni alegría, ni llanto, ni la risa de un niño. Yerma. Una vida yerma. Una muerte agónica. Una calavera nueva.

Como las sombras de los transeuntes de las grandes urbes. Si ya lo dijo el poeta… La mujer gorda venía delante, arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores. ¿Y qué hay más sabio que un poeta, que no ve más que las estrellas?

Madre, tengo miedo. Miedo que cala, que moja. Y no es la lobreguez de lo que nos rodea. Son tus ojos. Son los de ella. Que están vacios de sal y repletos de Ginebra.

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Then… nothing happens.

Después de una noche de insomnio, y con el cerebro aún medio dormido, intento, sin demasiado éxito, ordenar adecuadamente las palabras, para que formen un texto aceptable con el que “inaugurar temporada”.

Son dos meses los que este blog lleva hibernando, dos meses que son como dos años, ¿Qué cómo dos años? ¡Como dos siglos! El tiempo es relativo, la distancia es relativa, tu amor es relativo, incluso mis lágrimas lo son.

Ahora he hecho propósito de enmienda. No volver a caer (bucle infinito) en los mismos errores, dar un paso al frente, con la valentía que no me caracteriza y decir: “Márchate, yo me quedo.”

El miedo es la única sensación que supera, o al menos iguala, la intensidad del sexo. Quizá el dolor también, en grado extremo. Santísima Trinidad de los sentidos: miedo, sexo, dolor… Como un filme de Kubrick, con remake de Von Trier, rodado en falso blanco y negro.

Divago, me pierdo, no entiendes, no aceptas, no empatizas, lo sé.

Trato de llegar a ti sin saber, sin tener la más remota idea de cuál es el camino más corto. La línea recta. Mentira. Puede que sí entre puntos. Yo no soy un punto. Tú tampoco.

Me castigo, el cilicio imaginario autoimpuesto aprieta cada vez más mis muslos. Sangre fresca derramada sin ningún miramiento. Sentimiento de culpa, sentimiento cristiano. Lo dijo Nietzsche, y era un tipo sabio,  y loco, luego dos veces sabio.

Termina, ve terminando, a nadie le importa, y hay que ser discreta, y no llorar a los cuatro vientos, ni gritar la rabia contenida de nuestros, cada vez más numerosos, desencuentros.

Me cuesta separar mis manos del teclado, necesito vomitar, pero no puedo, no debo hacerlo. Sin nombres, sin alusiones, sin recuerdos, aséptico, completamente aséptico.

Releo los “quiero y no puedo” que tan desordenadamente he expuesto, y soy consciente de que no es un buen post, que no tendría que publicarlo, y que mi blog, en el futuro, será mucho más neutro.

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