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Retorno.

Mucho tiempo ha pasado desde la última vez que escribí aquí. Y una siempre acaba echando de menos los viejos rincones que me cobijaron tantas veces.

Quizá esta apatía sea consecuencia, no sé si directa, del “ateísmo” existencial en el que me hallo sumergida, “ser y no ser nada, y ser sin rumbo cierto…”

Pero no siempre me apetece hablar de fútbol, ni de los abdominales de Cristiano, ni de la última jugarreta de cualquier comité de estos que tanto aprecian al mejor equipo que hubo, hay y habrá.

A veces, sólo a veces, me apetece sentarme, respirar, y dejar que fluyan por mis dedos las palabras, mejor o peor, eso ya lo juzgarán ustedes, hasta lograr que mi tristeza (tristeza de estas de primer mundo, que sé yo que no existe motivo de queja) sea absorbida por este “papel”.

Ha muerto Lou Reed, y no he podido llorarle. O no he querido, que soy así de caprichosa y a mí este músico, con la Velvet o sin ella, no llegó jamás a ocupar ni el más mínimo rinconcito del hueco del corazón resevardo a música, arte y otras formas de expresión.

Y es que, últimamente, la señora muerte ha venido a visitar a gente más próxima, más cercana. Y las lágrimas, como todo lo bueno de esta vida (porque señores, llorar, aunque duela, es bueno, magnífico incluso) se acaba.

Intento prometerme que ésta no será una entrada perdida, aislada, que retomaré este blog para convertirlo en lo que siempre fue, una prolongación de mí. Sin medir, sin cortar, sin censurar.

Les dejo una canción, muy acorde con el lluvioso día, y las ganas de sofá, película y manta. Y abrazo. Tu abrazo. Nunca existió otro, ni lo existirá jamás.

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octubre 29, 2013 · 6:40 pm